sábado, 2 de noviembre de 2013

La metáfora

Borges habla de la metáfora (en inglés), y nosotros escuchamos:

the metaphor

miércoles, 30 de octubre de 2013

domingo, 13 de octubre de 2013

... y rejuvenecer


y por si recién conocieron a Jonathan en el post anterior, les cuento que acaba de rejuvenecer, disfrútenlo:

Envejecer y no

Anoche decía Ksenija, profesora y amiga, que una de las cosas terribles de la carrera de profesor es la sensación de que sólo uno envejece alrededor. Cada semestre, cada año, a lo largo de toda la carrera de uno, los estudiantes tienen la misma edad, hacen las mismas cosas, lucen igual. Y sin embargo uno envejece. Quedé pensando en eso, y esta mañana mientras desayunaba, oía la música de un gran amigo de los últimos años, Jonathan Richman, que ha hecho música durante los últimos cuarenta años y me ha acompañado quizás en los últimos cuatro. Así que lo he visto envejecer y rejuvenecer bastante. Entonces sentí que, aunque sea verdad lo que dijo Ksenija, el tiempo no va en una sola dirección, y eso es un gran consuelo. En fin, esta es la canción que oía/veía mientras desayunaba. Quería pegarla en el post pero por alguna razón blogger no me deja así que hagan clic sobre el link y -ojalá- disfruten a este amigo: You Can't Talk to the Dude.

lunes, 19 de agosto de 2013

no queda más que viento

Después de un largo tiempo vuelvo a oír este tema que me hizo (obvio) recordar a Spinetta, al amor y a la vida. Temazo. Alguna vez me llenó de tristeza, hoy, en el fondo, me llena de luz y de alegría.



sábado, 27 de julio de 2013

The Fall (2006) by Tardem

No tengo idea de si este film ha llegado a las salas peruanas o no. Lo vi anoche en un ciclo de cine en Madison y, aunque no me daba buena espina, ha resultado mucho pero mucho mejor de lo que esperaba. Tal vez me anime a escribir un comentario en unos dias, por ahora dejo el trailer. 


De paso, el film entero puede verse aqui.

domingo, 12 de mayo de 2013

Buenos días Mr. Hyde

Hoy me levanté poco después de las 5 de la mañana porque mis propios fantasmas no me dejaron dormir. Me había acostado pocas horas antes por la misma razón. Cada semana, poco después de las 10 de la noche del sábado los fantasmas reaparecen y tardan alrededor de 24 horas en irse.
Sé que esto no le pasa a todos. Que algunos son más claros consigo mismos y convierten sus miedos en leyes infranqueables, trazan fronteras claras entre lo bueno y lo malo, lo esperable, lo aceptable, la vida siempre ordenada, planchada y con cada cosa guardada en su cajón, dobladita y separada por forma y color. 
Pero a algunos nos pasa. Los que creemos -profundamente- en el flujo de las cosas. En el aprendizaje interminable, en el respeto al otro, a los otros, a todas las formas de otredad, aunque no las entendamos, sobre todo si no las entendemos. Creemos tanto que hay que ser consecuentes y ser consecuente es una tarea complicadísima porque a la hidra las cabezas que se corta le vuelven siempre a aparecer, y a veces más grandes o más horribles o repletitas de pavor. Las cabezas de la hidra. Los fantasmas. ¿A qué le tienes miedo, vargasluna? 
Pero a ciertas horas de la noche de cada sábado se acelera la circulación de la sangre en mi cabeza y las ideas, los terrores, las peores imágenes me invaden y no hay película ni libro que me saque. A veces el sueño, pero a veces (como anoche) ni eso. 
Aprender. Respirar. Nada hay tan terrible. Poco después de las cinco de la mañana de hoy caminé hacia el lago (que me queda a cien pasos) y vi el agua ondeándose como cada día, el sol apareciendo, las aves de cada mañana revoloteando, y me parecieron absurdos los fantasmas. ¿De dónde vienen? ¿A dónde van? Pero el paso de un auto me devolvió las ansias. Poco más de las cinco de la mañana y la gente manejando autos. Volviendo a sus casas de quién sabe dónde, de quién sabe qué. Lo desconocido y el terror a lo desconocido. La rabia ante lo desconocido. El lado de uno que condena, que se duele de una vida que ha olvidado un poco la vida. Los autos son máquinas que pasan por encima de la vida. Las casas, los edificios, toda construcción con puertas y cortinas cerradas. ¿Qué esconden? ¿Qué escondemos? ¿Por qué no andamos como las aves alrededor del lago que no esconden nada? ¿Qué escondemos? La náusea vuelve. Me siento a la orilla del lago, mareado. Con asco de volver a casa. ¿A estar también con las cortinas cerradas? ¿A esconderme como un criminal? ¿Cuál es su crimen Mr. Hyde? A veces también el miedo se siente como un crimen. Volver a casa. Mirarse en el espejo. Buenos días Mr. Hyde.

lunes, 6 de mayo de 2013

Javier Diez Canseco

No me gustan los obituarios ni subirme al carro de los homenajes póstumos, pero no puedo evitar decir que me apena la muerte de Javier Diez Canseco. De chico, mi opinión sobre la política era bastante confusa. Mi padre había estado afiliado toda su vida a Acción Popular, había trabajado repleto de fe para la revolución de Velasco y odiaba con pasión profunda al APRA (de hecho, la única que vez que recuerdo haberlo visto llorar fue el día en que Alan García ganó su primera elección). Sus hermanos, en cambio, estaban siempre más cerca del PPC, aunque en el 85 votaron por Alan, y en la familia de mi mamá, eran todos comunistas, aunque más ligados al comunismo europeo de los años 30 que al peruano de los 70 u 80. En mi cabeza, por lo tanto, era todo un caos. Nunca sabía bien si Velasco había sido el mejor o el peor presidente del país, si los comunistas eran el lastre o la esperanza, o si era mejor formar parte del "pueblo" o de la "gente decente". Sólo dos cosas tuve claro desde niño (digamos, desde el 87) sobre la política peruana: que el APRA era una mafia de la peor calaña, enquistada como un cáncer principalmente en el poder judicial peruano, y una de las razones más importantes del caos que es el Perú; y que Javier Diez Canseco era un hombre de bien. En ambas cosas todos los adultos de mi familia estaban de acuerdo.

Voté por él en todas las elecciones. En varias, fue el único candidato por quien voté. Tuve siempre la esperanza de que podría liderar en serio a la izquierda peruana. De hecho, si voté en la última elección por Humala (militar que me parece más oportunista que revolucionario) fue en parte por el apoyo de Diez Canseco, a quien luego el partido de gobierno traicionó.

Murió ayer, sancionado por el Congreso del cual, desde hace mucho, era el más decente representante. Al menos su familia se negó a la hipocresía de recibir a quienes lo agraviaron al final de su vida. Diez Canseco, como Carlos Iván Degregori, fue una de esas pocas figuras públicas en el Perú contemporáneo que era capaz de nadar en el lodo sin ensuciarse.

El país lo extrañará, ojalá seamos capaces de honrar su legado.